sábado, 3 de enero de 2009

Felix Lopez de Samaniego (Episodio 4)

Hola! Hoy les volvemos a entregar un capítulo mas de la serie de Lopez de Samaniego.

No olviden leer los anteriores:

Episodio 1
Episodio 2
Episodio 3

Entré el primero al vestuario y fui arrastrando los pies hasta el lavabo. Abrí el grifo. El agua fría salió a borbotones. La recogí entre mis manos. Hundí la cara en ellas, salpicándome la camiseta. Repetí la operación varias veces. «Te vas a enfriar» dijo alguien antes de que me cayera la chaqueta del chándal en la cabeza. Por suerte, no se mojó demasiado. La dejé a un lado. El ruido que venía a mis espaldas me indicaba que el vestuario se iba llenando rápidamente. Metí la cabeza debajo del chorro de agua, directamente. Sentía el agua helada resbalando por mi nuca, empapándome, mojándome todo el pelo, cayendo por mi cara. Alguien puso una toalla sobre mi hombro, señal de que mi momento de refresco había terminado. No tenía puesta la chaqueta del chándal; la llevaba sobre mis hombros, a modo de capa. Si me viera, mi madre me diría que me la pusiera y que cerrara la cremallera, que si no me enfriaría primero, y me acatarraría después. Allí no estaba mi madre.

Observé a mi alrededor aquel cuarto húmedo y desconocido, y elegí un sitio un poco apartado de los demás; más tranquilo. Me senté en la parte del banco que hace esquina. Me senté por no tumbarme y dar una imagen de jugador destrozado al resto de mis compañeros, que seguramente me estarían mirando de mala manera. Desde que Aingeru, el escolta titular, se había marchado a las categorías inferiores del “Phixious”, y la madre de Gorka había sacado a éste del equipo, quedábamos ocho jugadores. En el primer cuarto, Iker se había torcido un tobillo. Afortunadamente, en esta ocasión no sangró nada, pero daba igual, porque como Ruben ya no llevaba la camiseta de Gorka, si no la suya propia, se podría haber pringado de sangre todo lo que quisiera sin que su madre lo sacara del equipo. El caso era que Iker era el base titular. Al faltar él, yo había estado alternando las posiciones de escolta y base. Y no daba abasto. De escolta ya le iba pillando el truco a las jugadas de bloqueo directo y penetración. Luego dejaba una bandeja o la doblaba. No ser muy alto me ayudaba muchísimo a ser muy veloz en mis movimientos. Lo malo era cuando cortaba por la zona, que siempre me llevaba un par de golpes en cualquier lado de mi cuerpo; y que siempre ponían a defenderme al tío que tenia las uñas mas largas. Un gato enfurecido me dejaría menos marcas. Todos los partidos lo mismo: agarrones de la camiseta, codazos, golpes y puñetazos, rodillazos, zancadillas, insultos… todo a espaldas de los árbitros, que eran pocos, sordos y ciegos. De base, estaba mirando al banquillo y atendiendo a las indicaciones-gritos de BC. Como tenía que impedir de cualquier manera que en ese instante me robaran el balón, no hacía más que moverme en cualquier dirección. Eso sí, muy rápido. De modo que hacíamos ataques desordenados y descoordinados, y yo, más que jugar a baloncesto, parecía que estaba en una competición de movimiento perpetuo con balón. Estaba exhausto de tanto correr. Además, quería compensar mis fallos de dirección esforzándome mucho más en defensa. Aquí tenía ventaja con el base contrario, ya que cuando soltaba el balón le negaba el pase, y si mi par tenía su número pegado a mi camiseta, yo pegaba mi escudo en el pecho de mi defendido. No era de los que ponían la otra mejilla, así que había que tener cuidado conmigo, porque tarde o temprano, las devolvía, o encargaba a algún compañero del equipo que dejara un “recado” de mi parte. Tuve suerte, y ya había logrado robar cuatro balones y provocar la perdida de otros dos.


El entrenador llevaba ya un buen rato dando instrucciones para ayudarme a subir el balón. Por lo que se veía, iba a continuar de base y escolta, lo que me hizo darme cuenta de que Oier, el segundo base, debía ser mucho peor que yo. En el equipo todos éramos amigos. Jugábamos para divertirnos, con lo que no éramos conscientes de nuestra calidad, si es que la teníamos. Bueno, algo teníamos, pero no éramos conscientes de la calidad de nuestra calidad. Ni de su cantidad.

Íbamos a subir el balón con una jugada, y a atacar con tres sistemas diferentes, siendo la primera opción para mí siempre en dos de ellas. Me canse un poco más al escucharlo. La tercera era para hacerme descansar un poco. Lance una mirada y una sonrisa que venían a decir algo así como «¿Descansar? ¿Te estás quedando conmigo?». La victoria era una imperiosa necesidad, ya que aseguraríamos la permanencia con tres partidos de antelación y podríamos tener la fiesta de fin de temporada en paz.

Me levanté, tambaleándome todavía un poco. Flexioné las rodillas un poco. Los músculos estaban un poco agarrotados. Di un par de saltos sobre las puntas de los pies, sin demasiada convicción. Me puse la chaqueta para el calentamiento. Fui el último en salir del vestuario. Fui el último en saltar a la cancha. La segunda parte estaba delante de mí.

Sonó la bocina de final de partido. Todos saltamos y nos abrazamos. Sabía que habíamos ganado. Sabía que había metido alguna canasta más de lo habitual, sobre todo desde los tiros libres. Sabía que al tercer salto estaba destrozado. Las piernas apenas me aguantaban. Los brazos me pesaban y casi no podía levantarlos. Saludamos al público que nos aplaudía, nuestros familiares, ya que jugábamos fuera de casa. No podía aplaudir sin evitar un gesto de dolor. Busqué algo de beber. Encontré un bote de bebida isotónica camino de los vestuarios, que me apresuré a beber. Allí todos saltaban y cantaban. Sin que nadie se diera cuenta, me escabullí a las duchas. No salía agua caliente. No salía agua fría. Salía agua congelada. Habían cortado la caliente. Era costumbre, y si en condiciones normales hubiera protestado, aquella vez no lo hice. Bajo el agua helada, cerré los ojos y olvidé lo poco que recordaba del partido. Apoyado en la pared. Trataba de recuperar los músculos, de lograr una respiración natural, de conseguir que el corazón volviera a su ritmo habitual. El agua anestesiaba mi dolor. Notaba la sangre recorriendo mi cuerpo, intentando hacerlo entrar en calor antes de sufrir una hipotermia. Salí de allí cuando me empecé a sentir rodeado de ruidos. Me sequé, me cambié, y fui a un lugar donde estar solo. Encontré un rinconcito, al otro lado de un muro bajo, en un jardín de altos árboles, que ocultaban la poca luz que llegaba del ocaso bajo sus anchas ramas. Di un pequeño paseo alrededor de los cinco pinos, dejándome invadir por sus aromas, distantes de la ciudad, para finalmente llegar al punto de partida. Me tumbé sobre el muro.

Desperté al detenerse el autobús. No sabía donde me encontraba, hasta que reconocí los edificios cercanos a nuestro pabellón. No sabía cómo había llegado a mi asiento. Miré por la ventana, con los ojos más cerrados que abiertos, y vi a mis padres, que me estaban esperando. Todos me felicitaron, y nos despedimos hasta el siguiente entrenamiento.

Ya acostado, antes de dormirme, agotado y extenuado, mi padre me dijo las estadísticas por las que me habían felicitado: 40 minutos. 44 puntos. 21 asistencias. 4 rebotes. 8 balones recuperados. 3 perdidos. 13 faltas recibidas. 2 cometidas. Soñé.



2 Comentarios, deja el tuyo a continuación:

Ursula dijo...

Oye, me gusta esto de Felizx Lopez de Samaniego.Seguiras?

Tximu gorena dijo...

seguiré

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