martes, 17 de marzo de 2009

El mito de HEIDI, desvelado

Para todo aquellos que tengan entre los 'veintimuchos' y los 'treintaypocos', existen varios mitos profundamente arraigados en vuestra psique: los Payasos de la Tele, Marco, que Felipe iba a cambiar algo, y sobre todo, los dos mitos eróticos por excelencia: María Luisa Seco, y HEIDI. Pues bien, profundas y laboriosas investigaciones realizadas en la prestigiosa Universidad de VillaTempujoyNoSubo, han llegado a una sorprende conclusión:

EL MITO DE HEIDI, REVELADO.

Analicemos la bonita melodía de esta entrañable serie:

'Abuelito, dime tú, qué sonidos son los que oigo yo'.

Bien. Heidi es un personaje supuestamente joven, mientras que su Abuelito es, consecuentemente, mayor. El que Heidi pida información a su Abuelito sobre los sonidos que oye, o que 'casi oye', puede indicar, básicamente, dos circunstancias: Heidi padecía una enfermedad congénita del oído, que la hacía incluso más sorda que su anciano antecesor.

El estado de Heidi estaba, de alguna forma, alterado.

'Abuelito, dime tú, porqué en una nube voy'.

Ajá!. Esta segunda frase de la canción confirma uno y sólo uno de los puntos anteriores. En efecto, se confirma que el estado mental de Heidi está de algún modo alterado: está 'en las nubes', está 'volando'. 'Dime porqué huele el aire así'. Nuestro argumento cobra cada vez más fuerza. El aire tiene un olor especial, raro, como si flotara algún tipo de humo en el ambiente.

'Dime porqué yo soy tan feliz'.

Un argumento más a nuestro favor. El estado de euforia injustificada de nuestra protagonista es evidente. Y por fin:

'Abuelito, nunca yo de ti me alejaré'.

Por último, la pequeña descarriada afirma que le es imposible alejarse de su proveedor habitual.

CONCLUSIONES:

  1. Heidi tiene su estado de conciencia alterado de algún modo.
  2. El aire huele raro.
  3. Siente una felicidad absurda.
  4. Manifiesta una dependencia extraña de otro personaje.

Luego, lo que ocurre es que nuestro desdichado personaje estaba todo el día dándole al porrete, como cierto cantante de reggae fallecido. Lo que lleva a otro posible estudio que comienza con una inquietante pregunta, a saber: ERA HEIDI BOB MARLEY CON PELUCA?



sábado, 3 de enero de 2009

Felix Lopez de Samaniego (Episodio 4)

Hola! Hoy les volvemos a entregar un capítulo mas de la serie de Lopez de Samaniego.

No olviden leer los anteriores:

Episodio 1
Episodio 2
Episodio 3

Entré el primero al vestuario y fui arrastrando los pies hasta el lavabo. Abrí el grifo. El agua fría salió a borbotones. La recogí entre mis manos. Hundí la cara en ellas, salpicándome la camiseta. Repetí la operación varias veces. «Te vas a enfriar» dijo alguien antes de que me cayera la chaqueta del chándal en la cabeza. Por suerte, no se mojó demasiado. La dejé a un lado. El ruido que venía a mis espaldas me indicaba que el vestuario se iba llenando rápidamente. Metí la cabeza debajo del chorro de agua, directamente. Sentía el agua helada resbalando por mi nuca, empapándome, mojándome todo el pelo, cayendo por mi cara. Alguien puso una toalla sobre mi hombro, señal de que mi momento de refresco había terminado. No tenía puesta la chaqueta del chándal; la llevaba sobre mis hombros, a modo de capa. Si me viera, mi madre me diría que me la pusiera y que cerrara la cremallera, que si no me enfriaría primero, y me acatarraría después. Allí no estaba mi madre.

Observé a mi alrededor aquel cuarto húmedo y desconocido, y elegí un sitio un poco apartado de los demás; más tranquilo. Me senté en la parte del banco que hace esquina. Me senté por no tumbarme y dar una imagen de jugador destrozado al resto de mis compañeros, que seguramente me estarían mirando de mala manera. Desde que Aingeru, el escolta titular, se había marchado a las categorías inferiores del “Phixious”, y la madre de Gorka había sacado a éste del equipo, quedábamos ocho jugadores. En el primer cuarto, Iker se había torcido un tobillo. Afortunadamente, en esta ocasión no sangró nada, pero daba igual, porque como Ruben ya no llevaba la camiseta de Gorka, si no la suya propia, se podría haber pringado de sangre todo lo que quisiera sin que su madre lo sacara del equipo. El caso era que Iker era el base titular. Al faltar él, yo había estado alternando las posiciones de escolta y base. Y no daba abasto. De escolta ya le iba pillando el truco a las jugadas de bloqueo directo y penetración. Luego dejaba una bandeja o la doblaba. No ser muy alto me ayudaba muchísimo a ser muy veloz en mis movimientos. Lo malo era cuando cortaba por la zona, que siempre me llevaba un par de golpes en cualquier lado de mi cuerpo; y que siempre ponían a defenderme al tío que tenia las uñas mas largas. Un gato enfurecido me dejaría menos marcas. Todos los partidos lo mismo: agarrones de la camiseta, codazos, golpes y puñetazos, rodillazos, zancadillas, insultos… todo a espaldas de los árbitros, que eran pocos, sordos y ciegos. De base, estaba mirando al banquillo y atendiendo a las indicaciones-gritos de BC. Como tenía que impedir de cualquier manera que en ese instante me robaran el balón, no hacía más que moverme en cualquier dirección. Eso sí, muy rápido. De modo que hacíamos ataques desordenados y descoordinados, y yo, más que jugar a baloncesto, parecía que estaba en una competición de movimiento perpetuo con balón. Estaba exhausto de tanto correr. Además, quería compensar mis fallos de dirección esforzándome mucho más en defensa. Aquí tenía ventaja con el base contrario, ya que cuando soltaba el balón le negaba el pase, y si mi par tenía su número pegado a mi camiseta, yo pegaba mi escudo en el pecho de mi defendido. No era de los que ponían la otra mejilla, así que había que tener cuidado conmigo, porque tarde o temprano, las devolvía, o encargaba a algún compañero del equipo que dejara un “recado” de mi parte. Tuve suerte, y ya había logrado robar cuatro balones y provocar la perdida de otros dos.


El entrenador llevaba ya un buen rato dando instrucciones para ayudarme a subir el balón. Por lo que se veía, iba a continuar de base y escolta, lo que me hizo darme cuenta de que Oier, el segundo base, debía ser mucho peor que yo. En el equipo todos éramos amigos. Jugábamos para divertirnos, con lo que no éramos conscientes de nuestra calidad, si es que la teníamos. Bueno, algo teníamos, pero no éramos conscientes de la calidad de nuestra calidad. Ni de su cantidad.

Íbamos a subir el balón con una jugada, y a atacar con tres sistemas diferentes, siendo la primera opción para mí siempre en dos de ellas. Me canse un poco más al escucharlo. La tercera era para hacerme descansar un poco. Lance una mirada y una sonrisa que venían a decir algo así como «¿Descansar? ¿Te estás quedando conmigo?». La victoria era una imperiosa necesidad, ya que aseguraríamos la permanencia con tres partidos de antelación y podríamos tener la fiesta de fin de temporada en paz.

Me levanté, tambaleándome todavía un poco. Flexioné las rodillas un poco. Los músculos estaban un poco agarrotados. Di un par de saltos sobre las puntas de los pies, sin demasiada convicción. Me puse la chaqueta para el calentamiento. Fui el último en salir del vestuario. Fui el último en saltar a la cancha. La segunda parte estaba delante de mí.

Sonó la bocina de final de partido. Todos saltamos y nos abrazamos. Sabía que habíamos ganado. Sabía que había metido alguna canasta más de lo habitual, sobre todo desde los tiros libres. Sabía que al tercer salto estaba destrozado. Las piernas apenas me aguantaban. Los brazos me pesaban y casi no podía levantarlos. Saludamos al público que nos aplaudía, nuestros familiares, ya que jugábamos fuera de casa. No podía aplaudir sin evitar un gesto de dolor. Busqué algo de beber. Encontré un bote de bebida isotónica camino de los vestuarios, que me apresuré a beber. Allí todos saltaban y cantaban. Sin que nadie se diera cuenta, me escabullí a las duchas. No salía agua caliente. No salía agua fría. Salía agua congelada. Habían cortado la caliente. Era costumbre, y si en condiciones normales hubiera protestado, aquella vez no lo hice. Bajo el agua helada, cerré los ojos y olvidé lo poco que recordaba del partido. Apoyado en la pared. Trataba de recuperar los músculos, de lograr una respiración natural, de conseguir que el corazón volviera a su ritmo habitual. El agua anestesiaba mi dolor. Notaba la sangre recorriendo mi cuerpo, intentando hacerlo entrar en calor antes de sufrir una hipotermia. Salí de allí cuando me empecé a sentir rodeado de ruidos. Me sequé, me cambié, y fui a un lugar donde estar solo. Encontré un rinconcito, al otro lado de un muro bajo, en un jardín de altos árboles, que ocultaban la poca luz que llegaba del ocaso bajo sus anchas ramas. Di un pequeño paseo alrededor de los cinco pinos, dejándome invadir por sus aromas, distantes de la ciudad, para finalmente llegar al punto de partida. Me tumbé sobre el muro.

Desperté al detenerse el autobús. No sabía donde me encontraba, hasta que reconocí los edificios cercanos a nuestro pabellón. No sabía cómo había llegado a mi asiento. Miré por la ventana, con los ojos más cerrados que abiertos, y vi a mis padres, que me estaban esperando. Todos me felicitaron, y nos despedimos hasta el siguiente entrenamiento.

Ya acostado, antes de dormirme, agotado y extenuado, mi padre me dijo las estadísticas por las que me habían felicitado: 40 minutos. 44 puntos. 21 asistencias. 4 rebotes. 8 balones recuperados. 3 perdidos. 13 faltas recibidas. 2 cometidas. Soñé.



martes, 30 de diciembre de 2008

Carta a un hijo

Aqui os dejo la carta que envió una Lepera a su hijo que ya vivía fuera de casa.

Querido hijo:

Te escribo estas letras para que sepas que estoy viva.

Estoy escribiéndote despacio porque sé que tú no eres capaz de leer deprisa.

Si recibes esta carta es que te llegó, y si no, me lo dices y te la mando otra vez.

El tiempo por aquí no está mal: la semana pasada sólo llovió dos veces; la primera estuvo lloviendo tres días, y la segunda cuatro.

Ya te mandé la chaqueta, pero te digo que tu tío Pepe dijo que si la mandábamos con botones pesaría mucho, y el envío sería muy caro, así que se los quitamos y se los metimos en el bolsillo de dentro.

Por fin ya pudimos enterrar a tu abuelo; lo encontramos cuando lo de la mudanza; estaba metido en el armario desde aquel día que nos ganó jugando al escondite. Al menos ha sido todo un hombre hasta el fin, ya que jamás pudo salir del armario.

Te cuento que el otro día explotó la cocina de gas y tu padre y yo salimos disparados por el aire y caímos fuera de la casa. ¡Qué emoción! Era la primera vez que tu padre y yo salíamos juntos de casa en treinta años. Vino el médico y me puso un tubo de cristal en la boca y me dijo que no podía hablar en dos días. Tu padre quería comprarle el tubo.
Perdona la mala letra y las faltas de ortografía; es que yo me canso de escribirte y ahora le estoy dictando a tu padre y ya sabes lo burro que es.

Y hablando de tu padre, ¡qué orgulloso está! Te cuento que ahora tiene un buen trabajo, tiene 500 personas por debajo de él; es el nuevo sepulturero municipal. El otro día leyó en el periódico que, según las encuestas, la mayoría de los accidentes ocurren a un kilómetro de casa, así que nos mudamos más lejos.

No vas a reconocer la casa; el sitio es muy bonito y hasta tengo lavadora, aunque no estoy segura de que funcione. Ayer metí la ropa, tiré de la cadena y desde ese momento no la volví a ver.
Tu hermana Julia, la que se casó con su marido, parió. Como todavía no sé de qué sexo es, no puedo decirte si eres tío o tía. Si es niña van a llamarla como yo. Ella, a tu hermana la llamará mamá.
La otra hermana, Pilar, esta embarazada de cinco meses. Tu padre tan desconfiado como siempre le preguntó si estaba segura de que era de ella.

Y por último, tu hermano Juanchu sigue tan despistado como siempre; el otro día cerró el coche, dejo las llaves dentro y tuvo que ir tres km. para allá y tres km. para acá, hasta casa, a por el duplicado, para poder sacarnos a tu padre y a mi de dentro del coche.Tu primo Paco se casó y pasa toda la noche rezándole a la mujer porque le dijeron que era virgen.

A quien nunca más vimos por aquí es al tío Carlones, el que murió el año pasado.

Ahora el que nos tiene preocupados es tu perro Puski; está empeñado en correr detrás de los coches que están parados.

¿Recuerdas a tu amigo Antón? Ya no está en este mundo. Su padre murió hace dos meses y como había pedido ser enterrado en el lago, el pobre Antón murió cavando la poza en el fondo.
Bueno, hijo, no te pongo dirección de la carta porque no la sé. La gente que vivió aquí antes, se llevó los números para no tener que cambiar de domicilio.

Si ves a doña Remedios salúdala de mi parte, y si no las ves no la digas nada.
Un abrazo. Te quiere, tu madre
P.D. Iba a mandarte 100 euros pero ya cerré el sobre.


viernes, 26 de diciembre de 2008

Tengo algo que decirte Santa Claus

Hola a todos, necesito una pequeña ayuda. Tengo intención de abrir otro blog, para escribir algo asi como una vez a la semana y articulos escritos integramente por mi, como este que vereis a continuación. Lo que os quisiera pedir, es un consejo sobre el dominio a utilizar, esperamos vuestros consejos en los comentarios o por email.
Muchas gracias (www.¿?¿?¿?¿?.blogspot.com)


Querido Santa Claus:

Año tras año desde que la memoria me alcanza, te he escrito sobre estas fechas para pedirte tantos regalos como en la carta entrasen y para demostrarte lo bien que me había portado durante el año.

Según pasan los años, me he ido dando cuenta, de que esas cartas que te escribía, llenas de ilusión y esperanzas no eran mas que una mentira tras otra, de manera que engañandome a mi mismo conseguía engañarte a ti. Todas esas buenas cosas que te contaba, eran totalmente insignificantes si las compraráramos con las crueldades, travesuras y faltas de respeto cometidas durante el año por esta pequeña criatura que ha ido creciendo y dándose así cuenta de lo que realmente hacía.

Tu, sin embargo, triste, viviendo totalmente solo y siendo ignorante de lo que sucede en el mundo, llenas de regalos las casas de los niños mas maleducados, egoistas y sinverguenzas que hay, dejando sin nada, ni siquiera algo que comer a millones y millones de personas que viven en la mas absoluta miseria.

Por eso te digo que ya no te quiero Santa Claus, no sabes la desilusión que me he llevado, una vez mas, levantarme por la mañana y ver debajo del arbolito de navidad esos regalos que para mi son como espadas que se me clavan. Cuanto mejor harías visitando las casas en paises y continentes que quizás nunca hayas visitado, repartiendo felicidad y reviviendo esperanzas, sueños, vidas.

Te pido que no vuelvas nunca mas y que ayudes a los que realmente lo necesiten.

Atentamente Tximu.

martes, 23 de diciembre de 2008

Carta a Papa Noel

Aqui os dejo la carta que un niño envió a Papa Noel y después de ser traducido desde varios idiomas nos ha llegado.

Querido Santa Claus:

Te extrañará que te escriba hoy 26 de diciembre, pero quiero aclarar ciertas cosas que me han ocurrido desde que te mandé mi carta, lleno de ilusiones, en las que te pedía que me trajeras una bicicleta, un tren eléctrico, una nintendo 64 y un par de patines.

Quiero comentarte Santa Claus que me maté estudiando todo el año, tanto que no sólo fui de los primeros de la clase, sino que saqué puros dices en el cole; no te voy a engañar. No hubo nadie que se portara mejor que yo ni con sus papás, ni con sus hermanitos, ni con sus amiguitos y ni con sus vecinos.

Hacía recados SIN COBRAR, ayudaba a los viejecitos a cruzar la calle y no había nunca algo que no hiciera por mis semejantes, y sin embargo ¡¡¡QUÉ HUEVOS LOS TUYOS SANTA CLAUS!!! Es que... dejar debajo del arbolito una puta peonza, una mierda de trompeta y un maldito par de calcetines, ¡QUÉ CAGADA!.

¿Qué coño te has creído barrigudo? o sea que me porto como un imbécil todo este año para vengas con una mierda de este calibre; y no conforme con eso, el maricón del hijo de la vecina que es idiota y sin educación, malcriado, desobediente que le grita a su mamá, a ese tonto de las pelotas le trajiste de todo lo que te pidió. Por eso ahora quiero que venga un terremoto o algo así, para que nos lleve a la mierda a todos, ya que con un Santa Claus como tú, tan incompetente y falso, mejor que nos trague la tierra.

Pero eso sí, no dejes de venir el año que viene porque voy a reventar a pedradas a tus putos y sarnosos venados: Empezando por esa mierda de Rudolph que tiene nombre de homosexual. Te los voy a espantar para que tengas que joderte, caminando a pie como yo ¡cabrón!, ya que la bicicleta que te pedí era para ir al colegio, que queda a tomar por culo de casa.

¡¡¡Aaah!!! y no quisiera despedirme sin antes mentarte a la madre que te parió ¡ojalá que cuando hayas subido muy alto se te de la vuelta el puto trineo y te pegues una buena hostia por ser tan hijo puta!. Pero eso sí, te advierto que el año que viene vas a saber lo que es un niño maldito, y un poquito cabrón.
Atentamente, Nano

P.D.: La peonza, la trompeta y el par de calcetines, puedes recogerlos cuando quieras y metértelos por el culo.



Aqui os dejo el video, pero recomiendo leerlo.



lunes, 22 de diciembre de 2008

Los 10 mejores consejos para que un niño deje de leer

Aqui os dejo los 10 mejores consejos para que los niños dejen de leer, ya que solo es una pérdida de tiempo, que no enseña nada, ni a leer, escribir, entender, pensar...


¡Asique ya saben! ¡a fastidiar!


1. Cuando empiecen a leer en voz alta, interrúmpelos constantemente para marcarles sus errores.
A ti también se te quitarían las ganas de seguir leyendo.


2. Oblígales a leer.
Nada más eficiente que una simple palabra, “lee”, para conseguir el efecto contrario.


3. Menosprecia sus gustos y no respetes su criterio.
¿Qué es mejor, que lean lo que les gusta o que no lean?


4. Imponles lecturas.
Esa novela que tanto te gustó a su edad no tiene por qué ser de su agrado.


5. Pídeles que te hagan un resumen.
No dejes que asocien los libros con los deberes.


6. Controla todo lo que leen.
Interesarse no significa examinarlos e interrogarlos.


7. Recuérdales los beneficios de leer.
“Los niños que leen sacan mejores notas, como tu amigo”… y el chaval perdió las ganas de leer y tomó manía al amigo.


8. Relaciona los libros sólo con los deberes.
Un libro no ha de ser sólo un instrumento para aprender cosas.


9. Castígalos sin tele por no leer.
Convirtamos la tele en nuestro aliado: ¿cuántas películas infantiles se basan en libros?


10. Exígeles lecturas inadecuadas.
No por ser bueno y correcto es adecuado a su edad o estado madurativo



jueves, 11 de diciembre de 2008

Felix Lopez de Samaniego (Episodio 3)

Un nuevo episodio de la fenomenal historia baloncestistica en las que se narra la vida de un joven apasionado por este deporte. (para ver el capitulo entero pinchar en "leer todo".

No olviden leer los anteriores:

Episodio 1
Episodio 2


Hoy también es día de partido. Es un partido especial. No es que venga un contrincante potente; un gran equipo europeo. No es que sea una final; un partido decisivo. No. El partido de hoy es especial porque los “Mapaches Salvajes” jugaran un partidillo en el descanso.

Nuestro club es un club vinculado con el “Phixious”. El convenio que tenemos firmados con ellos nos proporciona grandes ventajas, sobre todo en cuestiones económicas y de equipamiento. También ponen a nuestra disposición un autobús para los desplazamientos que tenemos que hacer por la provincia, que no son muchos, aunque si los suficientes para dejar en números rojos las cuentas de Matías, el tesorero. A Matías le llamamos “La Hucha”, ya que es muy fácil darle el dinero, pero para recuperarlo, hay que ayudarse de un cuchillo. Dice que hay que ahorrar para cuando verdaderamente lo necesitemos.
Mientras, aprovechamos las paradas en las gasolineras para hinchar los balones, ya que para Matías un inflador «es un gasto superfluo e innecesario». Con el convenio nos ahorramos discusiones. En este club ahorramos de todo. La parte no tan positiva es que cada 3 meses vienen a hacernos unas pruebas la gente de las categorías inferiores del “Phixious”, y si alguno de nosotros destaca, se lo llevan enseguida. Es complicado que se me lleven a mí, primero porque mi altura no es la de un jugador de baloncesto, y luego porque sigo sin ser un gran jugador. Sin embargo, es un tema que no me preocupa, ya que realmente son pocos los jugadores que merecen la oportunidad de ir, y nuestro equipo destaca mas por ser un grupo de amigos que por ser un generador de victorias. Así nos va en la competición.



Hoy aparcamos todo eso, la perdida de nuestro escolta titular, Gaspar, la pequeña remodelación de la plantilla, las angustias de la clasificación y las preocupaciones por el futuro del club caso de que se produjera el descenso, ya que el convenio quedaría anulado en ese mismo momento. Intentamos no pensar en ello, y nos dedicamos a jugar y a pasárnoslo lo mejor que podemos… mientras podamos. Por lo menos con las entradas que nos han dado luciremos orgullosos la camiseta en el pabellón donde solemos disfrutar y sufrir siguiendo a nuestro equipo. Nosotros, los “Mapaches Salvajes” jugando en una cancha de la Liga Federal de la División Oeste de Europa, nada mas y nada menos. Sería en un descanso. ¡Qué mas daba! Tendríamos al público observándonos, y entre el público estarían nuestras familias.

Habíamos quedado con tiempo suficiente delante de la sede del club. Mi padre me ha acercado en coche y se ha despedido a toda prisa, deseándome suerte y diciéndome atropelladamente no se qué de mi madre y que tenía que volver a toda prisa, que no me preocupara y que cuando terminara el partido que los buscara para ir a casa juntos.

La verdad es que todos llegamos con mucho tiempo de antelación, porque todos estábamos un poco nerviosos, incluido nuestro entrenador. Comentábamos las sensaciones, lo gestos que haríamos al anotar una canasta, las jugadas que intentaríamos y de cómo los periodistas al día siguiente harían la crónica de nuestra pachanga, dándonos una nota a cada uno de nosotros. En estas tonterías andábamos cuando a Rubén, uno de nuestros pivots, se le ha encendido la bombilla y se ha acordado que se le había olvidado la camiseta en casa. Más concretamente en el tendedero. No daba tiempo de ir a buscarla, porque el autobús debía de estar a punto de llegar. La única opción era que uno de nosotros compartiera la camiseta con él, ya que no daríamos una buena imagen si uno de nosotros jugaba con una camiseta distinta, y de todos modos, nadie se fijaría en los números. Nos ha costado un gran trabajo convencer a Gorka, el otro pívot, de que debía ser él el que compartiera su camiseta. Es un poco celoso de sus posesiones, y al final hemos logrado que accediera a compartir la camiseta a cambio de un numero indeterminado de asistencias hasta que hiciera canasta. Bastante más complicado ha sido convencer a su madre. Ella no se sentía satisfecha con las asistencias, y después de estar cuatro minutos seguidos explicando «el terrible perjuicio que le suponía a ella hacerse cargo de un contratiempo ajeno a su voluntad y solo achacable a su dedicación constante y permanente como madre y esposa a su familia», se acercó la madre de Rubén y le dijo que no se preocupara, que ella lavaría y plancharía la dichosa camiseta y se la devolvería al día siguiente. Visiblemente satisfecha, la madre de Gorka accedió. No tenemos que olvidarnos nosotros de ninguna de las maneras de pedir un biombo o un vestuario para que no se cambien la camiseta delante de todo el pabellón. No sería serio.

Al que se le había olvidado llamar al chofer del autobús era al entrenador, que en algún momento también había tenido un contratiempo ajeno a su voluntad, pero en nada achacable a sus labores como madre y esposa. No nos soltó ningún discurso, solo soltó un exabrupto y nos arrastró a toda velocidad a una parada de urbano. Así que ahí nos vamos los diez jugadores detrás suyo, y algunas madres detrás nuestro, y detrás las madres de Rubén y Gorka todavía discutiendo los acuerdos de lavado, planchado y entrega de la camiseta. Vaya comitiva debíamos formar vista desde fuera. Algo así debieron de pensar las dos mujeres, algo mayores, que nos observan con sorpresa en la parada. El entrenador pegó cuatro gritos y durante casi dos minutos enteros le hicimos caso, hasta que empezamos a hacer unos pases con el balón que llevábamos. No queríamos llegar al pabellón y descubrir que no había balones. No dudábamos de que en el pabellón podrían dejarnos un balón adecuado a nuestras necesidades. Preferíamos no correr el riesgo. Había que cuidar los detalles. Las señoras se alejaron un poco más, no sé si mas alarmadas por la cara avinagrada de nuestro entrenador, por nuestros juegos (habíamos improvisado un 3x3) o por la conversación de las madres de Gorka y Rubén, que seguían enzarzadas y enganchadas en el mismo asunto. Las conversaciones de paz de algún país en guerra habían durado menos. Seguro.

Comenzamos a necesitar más espacio para lanzar con más precisión contra la señal que hace las veces de canasta. Afortunadamente, las señoras ya se han ido. Se ve que no tenían tanta urgencia de coger el autobús como nosotros. BC, nuestro entrenador, se dedica a mirar su reloj-cronometro con un ojo mientras con el otro intenta hacer un pliegue en el espacio-tiempo para que el urbano llegue en los próximos instantes. Y efectivamente, ahí llega. Puede que haya sido casualidad o no, pero cuando esté mas tranquilo, le pediré que haga algo parecido con los entrenamientos de John, para que se me pasen mucho más rápido.

Subimos al autobús. Realmente, lo tomamos al abordaje. BC es el primero en subir e impide que el chofer pare del todo, con lo que nos tenemos que ir subiendo en marcha. Muy divertido. Reímos y nos empujamos a voz en grito. Una anciana acerca su bolso y lo aprieta contra su pecho. Dejamos de jugar con el balón, y es entonces cuando nos damos cuenta que las madres de Rubén y Gorka no están con nosotros. Bueno, tenemos el balón, y ya les contaran sus hijos como ha ido la cosa.

Tras convencer al chofer de que no pare en las paradas, de que si un semáforo esta en rojo pero no viene nadie se puede pasar, y a los municipales que han parado el autobús porque no tienen muy clara esta norma, de que tenemos realmente prisa, llegamos al pabellón. El partido ya ha comenzado. Corremos a la entrada, y menos mal que traíamos las entradas con nosotros. Esperamos que nos devuelvan el balón que se ha quedado en el autobús y que la responsable de cancha nos deje uno, porque si no, vaya ruina.

Nos acomodamos en primera fila, en un fondo, detrás de una canasta, excitados ante la oportunidad de ver un partido tan de cerca, de escuchar el sonido de las zapatillas, de estar bajo los focos. Intento ver a mis padres. Esta demasiado oscuro y hay demasiada gente. Gente. El pabellón esta a reventar. No cabe ni un alfiler. Tendremos que procurar causar una buena imagen. Sin embargo, no todo nos iba a salir bien. El equipo que tenía que enfrentarse a nosotros, los “Tijeras Afiladas” no han aparecido. Vaya pringados. O no se atrevían, o no tenían nuestra fijación por los detalles. Eso es lo que nos diferenciaba. No tener rival nos supuso un duro golpe, ya que debíamos jugar entre nosotros, un cinco contra cinco, con la dificultad de que dos jugadores debían compartir la misma camiseta. Salomón presentaría su dimisión irrevocable en caso de encontrarse en la piel de BC. Preguntamos a Marie, la responsable de cancha, si había alguna camiseta similar a la nuestra. Después de mirarnos como si le hubiéramos pedido una tableta de turrón a mitad de agosto, se alejó murmurando sobre la necesidad que tenía de unas vacaciones.

El primer cuarto terminó. Fuimos a cambiarnos a los baños, todavía con la duda de la camiseta de Rubén. Y no podíamos dejarlo sin jugar. Al entrenador entonces se le ocurrió la brillante idea de jugar un cinco contra cuatro, y que a mitad de partidillo, Gorka saliera, se cambiara la camiseta con Rubén, y se convirtiera entonces en un cuatro contra cinco. El plan no era complicado: el cambio de camiseta debía hacerse en el baño, y nadie debía ver que un jugador salía y otro entraba llevando la misma camiseta. Debíamos simular una trifulca entre nosotros para desviar la atención, y durante el partido movernos continuamente para que nadie nos pudiera contar. Sencillo.

Al final todo salió bien. Casi no jugamos a baloncesto porque parecíamos liebres dopadas, corriendo continuamente y en todas direcciones. Las pocas posesiones que teníamos se las debíamos dar a Gorka, que hizo una canasta. El golpe en la nariz que se llevo Iker en la trifulca no fue grave, según el médico del “Phixious”, al que se tuvo que llamar cuando se desmayó. Tampoco perdió tanta sangre, ya que casi toda fue a parar a la camiseta de Gorka, que en ese momento llevaba Rubén, que ya había llegado corriendo para enmarañarse entre los demás jugadores. Y poco más pudimos hacer salvo recibir los aplausos de un público entregado a nuestra exhibición. Tratamos de buscar a BC para que saludara con nosotros desde el centro de la pista. No pudo ser porque no lo encontramos. De todos modos, lo pasamos genial. Incluso en algún periódico al día siguiente hicieron referencia a la pachanga como «el entretenido descanso con unos aventajados alumnos de los Globe Trotters».

BC nos ha dado una semana de vacaciones. Estamos ansiosos por repetir la experiencia. Debemos tener cuidado de no volvernos a olvidar el balón en el autobús. Y de no dejarnos la camiseta de Gorka en el baño.




martes, 9 de diciembre de 2008

...y desde entonces se pone un angel en la punta del arbol de navidad.


Esto va para todos aquellos incultos que no sepan el porqué de la colocación de un angelito en la punta del arbol de navidad.

Cuentan que Papá Noel se estaba preparando para hacer su viaje anual repartiendo regalos. Pero éste no era un año normal, los elfos estaban de huelga, así que tuvo que hacer horas extra con la lista de regalos.
Fue a ver los renos y descubrió que tenía que darles de comer, limpiarles los establos -que estaban muy sucios- y que además cuatro de ellos estaban enfermos, así que iba a tener que llamar al veterinario y el trineo iba a volar demasiado despacio.
Fue a ponerse sus pantalones rojos y descubrió que no los había lavado desde el año pasado. Buscó otro y al ponérselo descubrió que había engordado 10 kilos y le apretaba por todos lados. Se peinó la barba y el pelo, y se dio cuenta de que se estaba quedando calvo. Bastante enfadado se fue a la cocina a tomar algo y observó que las botellas estaban vacías.
En ese momento entró un ángel y le pregunto: "Papá noel, ¿qué quieres que haga con el árbol de Navidad?"

El que quiera entender, que entienda.

martes, 2 de diciembre de 2008

Reclamo lo que es mio

Os dejo aqui una carta de reclamación, para que apartir de ahora no nos engañen con esas multas que nos ponen. :P


Estimado Sr. Juez

He sido denunciado por circular a 250 km/h en la Nacional 530 cuando iba camino de mi pueblo para hacer la matanza.

Según me dijeron los guardias Civiles que me pararon, el radar me detectó a la velocidad antes indicada en un tramo limitado a 70 km/h.


Yo, por mi parte, puedo decir ue he visto perfectamente esa señal con el número 70 en negro, dentro del círculo rojo con el fondo blanco. Sin embargo, por más que me he fijado, no he visto ninguna unidad de medida junto al numerito 70.

Como Vd. sabrá mejor que yo, que para eso ha estudiado derecho, la ley 54/1893 establece que en el Estado Español (que Dios guarde muchos años) se establece que el Sistema Métrico Internacionas será el obligatorio en el país, y dentro de las reglas propiamente dichas del citado SistemaMétrico Internacional, se establece que la unidad de longitud será en metro, y la unidad de tiempo será el segundo.

No se si cuando Vd. terminó derecho le dio tiempor a hacer algo de matemáticas, pero por si acaso voy ainformale de que la velocidad se mide dividiendo la distancia recorrida entre el tiempo empleado para recorrerla, por lo que cogiendo la unidad de medida de la distancia (metro) y la unidad de medida del tiempo (segundo), obtendremos la unidad de medida de la velocidad: METROS POR SEGUNDO, que, tal y como nos dice la Ley anteriormente citada, SERÁ LA UNIDAD DE MEDIDA OBLIGATORIA PARA LA VELOCIDAD.

Yo, no le voy a negar que fuese a 250 km/h, que de hecho los iba, pero es que la señal que yo vi sólo ponia 70, y en virtud del imperio de la leu que todos debemos respetar y del que Vd. es el máximo exponente, no he dudado en considerar que el 70 se referia ala unidad internacional de la velocidad, el metro por segundo; si Vd. hace la conversio, observará que 70 m/s equivalen a 25 km/h, con lo cual yo circulaba a 2 km/h por debajo de lo permitido.

Por todo lo expuesto, ruego a Vd. que me devuelva el carné de conducir, los 600 Euros y los 8 puntos que me han quitado, que no están las cosas para bromas, dejando este asunto en un lamentable malentendido por el que no voy a denunciar a los pobres Agentes, que bastante tienen con su arriesgado trabajo y estoy seguro que no lo hicieron con mala intención.

Atentamente.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Kirola


Gaur egun, gizartean murgildurik dagoen eta gure dibertimendurako den jokoa omen da kirola. Eguneroko albistegietan aurki dezakegu, baita egunkari, internet zein irratian ere.

Nik ordea, kirola soilik joko bat den zalantzan jartzen dut eta errealitatea, hortik pixka bat aurrerago doala.

Normalean, txikitatik hasi ohi gara kirolean aritzen, edo behintzat herrialde garatuetan gure eskola edota bizilekuaren inguruan dagoen kiroletxe batean. Orduan bai izaten dela joko bat eta ondo pasatzeko ez ezik, lagunak egiteko eta denbora pasatzeko ere erabiltzen da. Hala ere, gertatzen da, urteak aurrera doazela, gero eta entrenamendu, kalitate eta kualitate gehiago eskatzen dira, eta joko bat izateari uzten diola.


Behin goi mailako kirolean sartuta, soldatak, audientziak, sarrerak, ikuskizunak eta txapelketak ikusten ditugu, dopping kontuak ez aipatzeagatik. hauek kontuan hartuta, guztia diruaren inguruan egina dagoela ikus daiteke, kirolarientzat lanbide eta mandatarientzat negozio bihurtzen delarik. Horretaz aparte, publizitateak ere indar handia du kirolen kontuan, baita komunikabideek sartzen duten dirua ere.

Aintzinaroan ez zen horrelakorik gertatzen, izan ere, kirola, ikuskizun gisa hartzen zen, non diruak ez zuen inola ere parte hartzen eta kirolariek ez zuten dirurik jasotzen, fama baizik. Gaur egun, fama horretaz aparte, izugarrizko soldatak eta dirua helburu duten izugarrizko txapelketak sortu dira, esaterako Olimpiadak, Saskibaloiko NBA-liga edota futboleko BBVA liga.

Ondorioz, esan dezakegu, aintzinaroan eta txikitan egiten den kirola ez bezala, goi mailako kirola negozio hutsa dela eta lehiakortasuna, dibertsioa eta kirol, talde, edota herri batengatiko maitasunaren gainetik dirua dagoela.



martes, 11 de noviembre de 2008

Trabajando en la obra


Esto que a continuación se transcribe, es un hecho verídico. Es la explicación de un albañil gallego a la compañía aseguradora que no comprendía, debido a la naturaleza de las lesiones cómo ocurrió el accidente.
El caso fue obtenido a través de una copia del archivo de la aseguradora cuyo texto es como sigue:

“Poder Judicial de Galicia”
Tribunal de Primera Instancia de Pontevedra.
Excelentísimos Señores:
En respuesta a su pedido de informaciones adicionales acerca de mi accidente les informo, en el item Nnúmero uno, sobre mi participación en los acontecimientos, mencioné:
“Tratando de ejecutar la tarea solo y sin ayuda”, como la causa de mi accidente.
Me piden en su carta que dé una declaración más detallada, por lo que espero
que lo que sigue aclare de una vez por todas sus dudas.
Soy albañil desde hace diez años. En el día del accidente estaba trabajando, sin ayuda, colocando ladrillos en una pared del sexto piso de un edificio en construcción en esta ciudad.
Finalizadas mis tareas verifiqué que había sobrado aproximadamente 250 kilos de ladrillos. En vez de cargarlos hasta la planta baja a mano, decidí colocarlos en un barril y bajarlos con ayuda de una roldana (polez) que felizmente se hallaba fijada a una viga en el techo del sexto piso. Bajé hasta la planta baja y até el barril con una soga y con ayuda de la roldana lo icé hasta el sexto piso, luego de lo cual até la soga a una de las columnas del edificio.



Subí luego hasta el sexto piso y cargué los ladrillos en el barril. Volví para la planta baja, desaté la soga y la agarré con fuerza, de modo que los 250 kilos de ladrillos bajasen suavemente (debo indicar que en el item número uno de mi declaración a la policía indiqué que mi peso corporal era de 80 kilos).
Sorpresivamente, mis pies se separaron del suelo, y comencé a ascender rápidamente arrastrado por la soga, debido al susto que me llevé, perdí mi presencia de espíritu e irreflexivamente me aferré aún más a la soga, mientras ascendía a gran velocidad.
En las proximidades del tercer piso me encontré con el barril que bajaba a una velocidad aproximada a la de mi subida, fue imposible evitar el choque. Creo que fue allí donde se produce la fractura del cráneo. Continué subiendo hasta que mis dedos se engancharon con la roldana, lo que provocó la detención de mi subida, y también las quebraduras múltiples de los dedos y de la muñeca.
A esta altura de los acontecimientos, ya había recuperado mi presencia de espíritu y, pese a los dolores continué aferrado a la cuerda. Fue en ese instante que el barril chocó contra el suelo, el fondo del mismo se partió y los ladrillos se desparramaron. Sin los ladrillos el barril pesaba aproximadamente 25 kilos.
Debido a un principio físico simplísimo comencé a descender rápidamente hacia la
planta baja. Aproximadamente al pasar por el tercer piso me encontré con el barril
vacío que subía, en el choque que sobrevino, estoy casi seguro, se produjo la quebradura de los tobillos y de la nariz. Este choque felizmente disminuyó la velocidad de mi caída de manera que cuando aterricé encima de la montaña de ladrillos solo me quebré tres vertebras.
Lamento sin embargo informar que cuando me encontraba caído encima de los ladrillos, con dolores insoportables y sin poder moverme, y viendo encima de mí el barril, perdí nuevamente mi presencia de espíritu y solté la soga…
Debido a que el barril pesaba más que la cuerda, descendió rápidamente y cayó encima de mis piernas, quebrándome las dos tibias.
Esperando haber aclarado definitivamente las causas y desarrollo de los hechos, me despido atentamente.
Será justicia.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Felix Lopez de Samaniego (Episodio 2)

Abrí el frigorífico y saqué la botella de agua. Había merendado hacia un rato un sándwich de jamón, y estaba sediento. Vacié el vaso de un trago. Comprobé que llevaba todo lo que debía de llevar. “¿Las entradas?” preguntó mi madre. “Las tengo yo” se oyó desde el descansillo de la escalera. Bajamos en el ascensor, y vamos camino del primer partido de la temporada. Reconozco que estaba nervioso. Durante el verano se había reforzado el equipo, a pesar de las bajas, y ahora era el momento de saber de qué era capaz. O por lo menos de intentar adivinarlo.


A pesar de estar en los últimos días del verano, el tiempo por la noche refrescaba más de lo deseable. Aquella tarde, incluso se atrevió a dejar caer unas gotas de lluvia, lo que hizo que el atasco en las inmediaciones del pabellón fuera más atascado. El municipal no acertaba con el tráfico, y se le veían las intenciones de hacerle tragar el silbato a más de uno. Era interesante ver como intentaba tomar aire entre pitido y pitido, con el color grana que presentaba su cara. Todo esto bajo una fina cortina de agua.

De alguna manera conseguimos pasar, y acceder al parking, un descampado asfaltado con unas rayas pintadas en el suelo, a las que nadie hacía caso a la hora de dejar el coche. Servían de referencia. Fuimos bordeando el aparcamiento, esquivando filas y filas de coches, hasta una pequeña esquina, que era de los pocos lugares que hacía posible dejar el pequeño coche en el centro de la calle sin molestar el paso del resto de vehículos. Pequeños trucos aprendidos a lo largo de largo tiempo.

Tuvimos que correr un poco para no mojarnos demasiado, y aun así, al llegar a la puerta pequeñas gotas goteaban de mi pelo. Dude entre sacudirlo como los perros o agitarlo con la mano. Me sacudí como un perro mojado. Busqué un pañuelo de papel, y mis dedos fueron capaces de asir la entrada sin dejar demasiada marca de humedad. Hice un dobladillo para que el portero pudiera rasgarla sin que me la rompiera por la mitad. La doblé cuidadosamente y la guardé. Ya tenía una pequeña colección que escondía en un cajón de mi escritorio, y que repasaba cuando quería recordar los partidos mas interesantes, como aquel partido final que nos dio el título de campeones de la Liga Federal de la División Oeste de Europa. Un sueño hecho realidad, que los “Phixious”, un equipo de una ciudad no demasiado grande, demostrara ser el mejor equipo de aquella temporada. Y de ello hacia apenas dos temporadas. Parecía que había sido ayer, cuando el último partido termino, y me abracé a mi padre y a mi madre, mientras el capitán levantaba el trofeo de campeones. Campeones.

A pesar de haber perdido unos minutos en el atasco, el partido estaba lejano a su comienzo, y me dediqué a escuchar los comentarios de mi padre sobre el calentamiento de ambos equipos. Algunos eran acertados, y otros, no tanto. Comenzaba a desarrollar cierto sentido técnico, con las sesiones extra que tenía con un entrenador particular. Era duro. Era extenuante. Era lo mejor que me podía pasar. Después de entrenarme con el resto de mis compañeros, John venía y trabajábamos juntos distintos aspectos. Bueno, el que trabaja era yo, el que gritaba, chillaba y se desesperaba era él. Al principio nos centramos en el control del balón. No sabía si con tanto ejercicio el entrenamiento era para ser jugador de baloncesto o malabarista de circo. Fui avanzando en las cualidades naturales que la gente se empeñaba en decir que tenía. Claro que fue duro hacerme entender que en baloncesto no era todo tiro, tiro, y más tiro, si no que había también defensa y juego en equipo. Por eso sabía que mi padre no acertaba de pleno. Lo que no sabía es que lo hacía adrede, para ver hasta que punto avanzaban mis conocimientos.

El ambiente del pabellón, a pesar de ser bueno, no era excelente. No faltaba demasiado para que se llenara del todo, y aun así, todos estábamos tranquilos y expectantes ante lo que íbamos a presenciar. El “Leteo” no era un equipo tan puntero como el nuestro, aunque en esta liga cualquiera podía ganarte si no ponías más ganas que él. Y a igualdad de ganas, vencía el que mayor superioridad demostrara en el aspecto técnico y táctico. O eso decía John.

Cuando llego mi madre con tres grandes bolsas de palomitas de maíz, buscamos nuestros asientos. La atmósfera allí dentro era especial. Cada canasta, cada suspiro, cada esperanza derramada flotaba en el ambiente, se aferraba a la bóveda, y se depositaba sobre nosotros, volviendo como un eco interminable.

El partido en sí estuvo interesante; a pesar de ser inferiores, demostraron mucha concentración, y no nos dejaron coger una renta cómoda en el marcador. El entrenador hizo cambios constantes, de jugadores y de sistemas ofensivos. A medida que avanzaba el encuentro, la superioridad física de los jugadores del “Phixious” fue haciéndose mas palpable. Y aun así, el encuentro no se decidió hasta los últimos cuatro minutos, donde dos triples seguidos dejaron fuera de toda duda la victoria local.

Aquello era como el paraíso. Los mejores jugadores, con sus mejores movimientos, ante mi y otros siete mil novecientos noventa y nueve espectadores. Aproximadamente. Estaba a años luz de ellos. John tendría que morir y resucitar un par de veces hasta que consiguiera acercarme siquiera a algo parecido. Soñaba con vestir aquella camiseta, y aun así, me daba miedo defraudar y no ser lo suficientemente bueno para ello. Mi padre debió verme la expresión meditabunda, y me lanzo una palomita que impacto en mi cara. Sonreí. Era un gamberro. No podía sacarlo de casa sin que después tuviera que reprocharle algo de su comportamiento a la vuelta.

Finalizó el encuentro con victoria por 11 puntos. No había estado mal para ser el primer partido, y el equipo tenia mimbres para hacer una buena cesta. Se podía esperar algún titulo.

Lentamente, el pabellón se iba vaciando de gente. Alguna luz se apago. Mis padres fueron a saludar a algún conocido, mientras yo me quedaba allí, sentado, viendo la cancha reluciente, con el marcador apagado. El banquillo, el túnel de vestuarios, el palco, la zona de prensa, la inmensa cantidad de basura desparramada entre las filas de asientos y la cancha, ahora vacía. El marcador todavía alumbraba el tanteador y las faltas personales cometidas por los jugadores, hasta que un operador llego y desconecto el aparato situado en la mesa de anotadores. Se apagaron las luces de la cancha, dejando únicamente las de las gradas, de una luminosidad menor, aunque suficiente para encontrar el camino de salida.

Ya no llovía, y sin embargo, el suelo se encontraba mojada. Fuimos caminando lentamente, procurando no salpicarnos en los charcos que se creaban sobre el firme irregular. El aparcamiento, lleno de coches un par de horas antes, era ahora una superficie negra y mojada, con rayas blancas; una especie de cebra recién bañada. Pero sola en medio de la sabana africana.

A lo lejos brillaban las luces de la ciudad. Casi todos los coches habían desaparecido, y nuestro pequeño vehículo no tardó en llevarnos de vuelta a casa. Nada más llegar, corrí a guardar mi entrada en el cajón de mi escritorio, no fuera a ser que se me perdiera. Después, fui a la cocina a por mi botella de agua, ya que con el sándwich de jamón y con las palomitas, estaba realmente sediento.





miércoles, 5 de noviembre de 2008

El noviazgo


Aqui os dejo una pequeña historieta algo extraña y vistas las cosas desde otro punto de vista.

El pequeño tenía seis años y, como otros niños de su edad, era muy curioso. El había estado oyendo a los mayores acerca del noviazgo y se preguntaba como sería eso. Un día le preguntó a su mamá, quien impresionada le dijo que para que entendiera lo que era el noviazgo se escondiera detrás de las cortinas de la sala y observara a su hermana mayor con su novio. A la mañana siguiente le relató a su mamá lo que había visto:


Mi hermana y su novio se sentaron y hablaron por un largo rato. Entonces, él apagó casi todas las luces y comenzó a abrazarla y besarla; yo pensé que se estaba enfermando porque su cara se estaba poniendo muy rara. Su novio debió pensar lo mismo porque puso su mano dentro de la blusa de mi hermana para sentirle el corazón, pero al parecer tenía problemas para encontrárselo.

Yo pensé que él también se estaba enfermando porque hubo un momento en que los dos se quedaron sin respiración. El debía tener frío en su mano derecha porque la puso bajo la falda de mi hermana. Entonces ella empeoró porque se deslizaba por todo el sofá; ¡tenía fiebre! Yo sé que tenía fiebre porque ella decía que se sentía muy caliente y que no podía más.

Al momento descubrí la causa de la enfermedad: era un enorme gusano que se le había metido al novio de mi hermana en el pantalón. El lo agarró con la mano para que no se le escapara. Cuando mi hermana lo vió se asustó mucho. Sus ojos se agrandaron y dijo que era el más grande que jamás había visto. Ella se enfureció y trató de matar al enorme gusano a puros mordiscos. De golpe ella hizo un sonido raro y dejó caer al gusano, me imagino que la mordió. Entonces lo agarró con las manos para sujetarlo mejor, mientras el novio sacaba un tubito de goma de una cajita y se lo puso sobre la cabeza al maldito gusano para que ya no mordiera a mi hermana. Ella se recostó y abrió las piernas de forma que pudiera aplicarle una llave de tijera al enorme gusano. El novio le ayudó a aprisionar al gusano y se formó una pelea de los mil demonios.

Ella empezó a brincar y a gritar como loca y por poco rompen el sofá. Me imagino que iban a matar al gusano aplastándolo entre los dos. Después de un rato dejaron de moverse y dieron un suspiro porque estaban cansados de tan tremenda batalla. El novio se levantó. Estaban seguros de haber matado al gusano. Yo supe que el gusano estaba muerto porque colgaba inmóvil y parte de los sesos le salían por la cabeza. Mi hermana y su novio estaban agotados por la pelea, entonces, para descasar se acariciaron.

Pero no, el gusano no estaba muerto, ¡estaba vivo! Brincó de nuevo y por poco los sorprende. De suerte que mi hermana lo vio y lo atacó ayudada por su novio en una terrible pelea. Esta vez mi hermana trató de matar a este gusano inmortal sentándose encima de él. Después de varios minutos de lucha lograron matarlo. Esta vez sí estaba muerto porque el novio de mi hermana le arrancó el pellejo y lo arrojó por el inodoro.

Yo creo que los gusanos tienen siete vidas como los gatos y esto del noviazgo, la verdad, se me hace muy peligroso.


martes, 7 de octubre de 2008

Felix Lopez de Samaniego (Episodio 1)


Aquí os dejo una preciosa narración de "HARMONIA" en la que cuenta la vida de un niño que juega a baloncesto. -----------------------------------------
El numero trece. No bastaba con que mi padre hubiera hecho un chanchullo con el entrenador del equipo de baloncesto de mi barrio y me hubiera conseguido meter de mala manera, ni que me hubiera comprado un chándal blanco con franjas verdes en las mangas que era como cuatro tallas mas grande de la que necesitaba, ni que la camiseta de tirantes me colgara como si fuera la de mi abuelo, ni los pantalones me taparan las rodillas. No. No bastaba con eso. Además, tenía que llevar el numero trece. No es que fuera supersticioso. Ni lo soy. Lo que ocurre es que con diez años, llevar el trece a la espalda, y el escudo de los “Mapaches Salvajes” en la parte delantera, es como para marcar a un niño.

Porque yo con diez años era un niño. Apenas había aprendido a botar el balón con ambas manos indistintamente y a lanzar hacia la canasta. Tampoco es que fuera demasiado alto para mi edad. En aquella época, tenía mas pinta de jockey que de baloncestista.



Y así me vio el entrenador. Bastó un par de sesiones de entrenamiento para, con una mirada resignada, me soltara un “bueno, vamos a probar de escolta”, que sonaba más a “si no sirves para base, con esta altura, ¿qué hago yo contigo?”.

Así, cada día de entrenamiento, cogía mi bolsa de deportes y la arrastraba hasta el pabellón. No veía a mi padre hablar con el entrenador, aunque se cruzaron un par de significativas miradas.

La verdad, de escolta era tan bueno como de base, lo cual es ser políticamente correcto; ni anotaba, ni reboteaba, y me tocaba defender al escolta titular de mi equipo, que además era el “bueno”, con lo que me dedicaba a ponerme delante de él y a dejarle pasar lo mas disimuladamente que podía. No convenía que recibiera un mal golpe, porque si no luego yo recibiría unos cuantos más. Poco a poco, ganas, lo que se dice ganas, no tenía demasiadas. Seguía haciendo 1x1 con mi padre en la canasta de casa, claro que entonces si que era divertido, porque si yo era malo, mi padre era peor, y casi siempre le solía ganar. Y no era muy probable encontrarme a mi padre en el equipo al que nos enfrentásemos.

Un día me trajo un paquete. No era ni mi cumpleaños ni había realizado ninguna gesta recientemente, y mucho menos deportiva. “Para ti. Vamos, ábrelo” me dijo. Impaciente, pues no esperaba ningún obsequio, fui desenvolviendo el papel de regalo y dejando salir a la luz una caja de cartón. Una vez visto lo que había dentro, se convirtió en el cofre del tesoro: Unas zapatillas nuevecitas de baloncesto, con cámara de aire incluida. Salté a los brazos de mi padre para abrazarlo, y aun me dio tiempo de ver a mi madre marchando a la cocina mientras intentaba sacarse algo que se le había metido en el ojo. O estaría pelando cebollas.

Unas auténticas zapatillas de baloncesto. Compensaban un poco el numero trece a la espalda, aunque sin duda, lo mejor era la cámara de aire. No tardé en arrancarme de los pies las playeras rastreras que llevaba y ponerme mi regalo. Me tuvo que ayudar con los cordones, pues de los nervios, no acertaba a meterlos por el agujero. No acierto con el balón gordo por ese pedazo de aro, y voy a ser capaz de meter los cordones por esos agujerillos. “¿Te aprietan?” Para nada. Las hinché un poco. Noté como el espacio en el interior de las zapatillas disminuía, y como crecía un poco, aunque solo fuera un efecto visual. Corrí a mi habitación a ponerme la equipación de los “Mapaches Salvajes”, con el trece a la espalda. Con las nuevas zapatillas, casi no se veían las horribles líneas verdes. Daba igual. No es que mejorara mucho como jugador, yo diría que no mejoré nada, pero por lo menos desperté la admiración y la envidia de mis compañeros de equipo. Seguía arrastrando la bolsa de un lado para otro, eso no podía cambiar tan fácil.

Tanto entrenar, era para jugar partidos. No se en que liga estábamos, ni si era el jugador más joven; que era el mas bajito, eso seguro. Y con el trece a la espalda. Que cruz. Las zapatillas con cámara de aire me ayudaban a superar los malos tragos. Tardé en debutar en la competición, y menos mal que no lo hice antes.
Perdíamos tantos partidos como ganábamos. Recibíamos algunos correctivos, y damos alguno menos. Un equipo de media tabla, con el mejor jugador de toda la ciudad. Metía tantos puntos como el resto del equipo, y unos cuantos mas. No es que tirara mucho, es que era el único que lo hacia. Y era tan bueno, que aun teniendo a tres tíos defendiéndole, era capaz de superar a los tres y encontrar el camino hacia la canasta. Y yo era su suplente. El suplente del máximo anotador de todos los jugadores de nuestra competición. Con el trece a la espalda. Solo pisaba la cancha a la hora de calentar y en las presentaciones. Me sabía mal por mi madre y mi padre, q siempre venían a verme. Fuéramos ganando o perdiendo, cada vez que volvía la cabeza, ahí estaban.

Y ahí estábamos, mis padres en las gradas y yo en el banquillo, todos tan tranquilos, cuando no se le ocurre al supercrack coger la varicela. No sé que cara puso Noe cuando le dijeron que sacara el paraguas, algo me dice que la que puse yo cuando recibí la noticia debía de ser una replica bastante exacta de aquella. “¿Yo titular?” “No tenemos a nadie mas.” “¿Esta seguro, entrenador?” “¿Realmente quieres que te responda a esa pregunta?”

La noche anterior no dormí nada. Estuve toda la tarde haciendo tiros. No pude ni desayunar. En la escuela me dio un soponcio, y me desperté en la enfermería, con las piernas colgando de una silla. Mi madre tuvo que venir a buscarme. Casi podía rozar con la yema de los dedos la excusa perfecta para eludir la responsabilidad: Yo también estaba enfermo. No contaba con la comida. Tenía tanta hambre, que comí como un aspirador. Tampoco puedo negar, para ser sincero, un pequeño gusanillo que tenía en la tripa para saber qué es lo que era jugar de verdad. Intenté distraerme, y no lo conseguí, con lo que después de insistir, insistir, e insistir un poco más, llegamos a la cancha dos horas antes de lo necesario. Convencimos al conserje de que me dejara pasar. Me abrió los vestuarios. Me cambié, me puse la equipación, y el chándal por encima. Hinché un poco las zapatillas. Cogí un balón del almacén, y me fui botando a la cancha. De golpe y porrazo, aquellas tablas que conocía de los entrenamientos y los calentamientos, habían cambiado. Eran diferentes. La luz que se colaba a través de los ventanales cambiaba por momentos. Recorrí el parqué botando, a ritmo, escuchando el rechinar de las zapatillas intercalado con los golpes del balón. Hice un lanzamiento. No tocó ni aro. No le di importancia, y me senté en la línea de tiros libres, mirando a la canasta, como si quisiera hipnotizarla. No recuerdo cuanto tiempo estuve así. El primer ruido de puertas que oí a mi espalda me sacó de mi trance. Recogí el balón y llegué al vestuario. Llegó el entrenador poco después, dejó unos papeles, y volvió a salir. Ni me vio, o ni me quiso ver. Poco a poco fueron llegando los demás. Hinché las zapatillas de nuevo. Calentamos como siempre. Y sin embargo, fue diferente. Vuelta al vestuario a escuchar las últimas instrucciones del mister. Cuando volvimos a la cancha, ya había empezado a entrar público, y no tardé nada en olvidar todo lo que acababa de oir. Ví donde estaban mis padres mientras hacíamos una rueda. Durante la presentación, al oir mi numero, volví a mirar. Me sonrieron. Corrí chocando las manos del resto del equipo. Recibí algun manotazo cariñoso en la cabeza. Hinché otra vez las zapatillas. Notaba que cada vez que lo hacía, crecía. Hasta que no llegó el instante del comienzo del partido, no había reparado en el equipo contrario. Los “Halcones Rojos”. No eran muy buenos, porque iban por detrás de nosotros en la clasificación. Si no fuera porque tenían un pívot que debía de haber sido expulsado del equipo de boxeo por violento, teníamos el partido ganado. Ya en el salto inicial se las arregló para abrirle la ceja al de nuestro equipo. Por lo menos, para compensar, el alero suyo también se desmayó al ver tanta sangre.

No llevábamos mal el partido, ganando de unos ocho puntos. Había cruzado un par de veces la zona, y en las dos me había llevado dos bonitos codazos en las costillas. Eso si, me las había arreglado para no perder los pocos balones que recibía. Y la defensa que me hacían era de chiste. A su lado la que hacia yo era de “lapa”. En un par de bloqueos mi estomago fue pertinentemente castigado a golpes sutiles. Todo discurría bien, hasta que llego el momento de mi primer tiro. El base se lió, no hizo el pase que tenía que hacer cuando debía hacerlo, y a falta de pocos segundos para el fin de la posesión, me llega el balón a mí. En esto que la defensa había cambiado sus emparejamientos y el bestia me estaba flotando. Busqué algún compañero a quien pasar, algún jugador interior, mientras desde el banquillo me gritaban “¡tira! ¡tira!”. En eso que ví de repente al rinoceronte venir disparado y enfurecido hacia mí. Cogí aire y lancé el balón por encima del defensor. Creo que no rompí ningún cristal. Claro que me lo tuvieron que contar un rato después, cuando me quitaron aquella mole de encima que no me dejaba respirar. Me quedé un rato tendido en el suelo, con las luces del pabellón danzando sobre un círculo de cabezas que se cernían sobre mí, como si fueran buitres decidiendo si la oveja estaría tierna o no. Me llevaron en brazos. Ya en el banquillo, vieron que no tenía nada roto, salvo parte del número uno de la parte trasera de la camiseta, que estaba rasgado, y después de un breve trago de agua y un ligero descanso, volví a salir a jugar. No me acordé de hinchar las zapatillas. Al final ganamos. No lo hice tan mal. Metí unas tres canastas y un par de tiros libres, y mi defendido, no tuvo su mejor tarde.
Aquella noche cené flan.
POR HARMONIA

-fin-

domingo, 5 de octubre de 2008

24 segundos, una posesión



Nos acaban de hacer canasta. Todos corren al otro lado de la cancha, excepto el pívot, que hará el saque de fondo. Otra vez él. Me va a presionar desde el primer instante. Joder. Estoy harto. Me acerco el tirante a la frente para quitarme el sudor. No se como lo hace, parece que no se cansa nunca. Miro el marcador. Un último vistazo para saber donde está, y me acerco al saque de fondo. Cojo el balón con las dos manos. Con un rápido movimiento golpea ligeramente mi codo. Intenta robarme el balón. Me vuelvo al árbitro con gesto enfadado. Lleva haciéndolo todo el partido y no le han pitado ni una sola falta. Es increíble. Da un par de pasos atrás. De momento, me da un respiro. Espero a que mi pívot inicie el trote hacia la zona de ataque, y empiezo a botar el balón tras él. Debo pasar cerca si quiero que esa “lapa” me deje respirar unos segundos.


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Un pequeño “slalom” y consigo que no me dé demasiados problemas. Cruzo la línea de medio campo. 19 segundos. Rápidamente, veo que me marcan una defensa zonal 2-3. Genial. Odio las defensas en zona. Por el rabillo del ojo veo al entrenador con los brazos cruzados. Marco jugada. Cuernos. No es la que mejor hacemos, aunque si es la que ellos menos se esperarán. Nos han hecho un “scout” casi perfecto. Espero que salga bien. No quiero sesiones extra durante los entrenamientos de los próximos tres días con el “mister” abroncándome y recordándome lo que he hecho mal. Eso ya lo sé yo. ¿Se habrán enterado todos? De momento están bien colocados. Esta jugada es para el “cinco”. Ojalá que siga en racha.


¡Mierda! Han cambiado a individual. ¿Es que quieren volverme loco? Cambio la jugada. 3 dedos de la mano izquierda arriba. La disposición de mis compañeros es la misma. No sé si es lo que querían. Voy hacia el lado izquierdo de la pista botando. Gritos y gestos desde el banquillo. Desde aquí no veo por qué. Es una jugada de rápida ejecución. Un “pick & roll”. El alero acaba de salir a la bombilla por delante de su defensor. El balón ya estaba en camino. El pívot tiene preparado el bloqueo. Me quedo sobre la línea triple. Veo como lo aprovecha y se va botando hacia la derecha. El defensor hace una ayuda demasiado larga. Nuestro escolta se abre hacia la banda mientras el “cinco” corta la zona sin ningún obstáculo. El defensor de nuestro “cuatro” va a hacer la ayuda. Llegará tarde. El escolta ya le ha pasado el balón por arriba al pívot. Se levanta y falla. Joder. Ahora no. Nuestro ala-pívot consigue palmear el balón hacia donde me encuentro yo, más o menos. Tengo que estirarme para evitar que salga. Ya podía haber cogido el rebote y meterla él. ¿Cuánto tiempo queda? 11 segundos. Vuelvo a media pista a ordenar la situación. Que desastre. Empiezo a chillar a todos y a corregir posiciones. Noto el pulso acelerado. Hasta mi último músculo está en tensión. Ahora el entrenador me chilla a mí. Ya le diré que no le entendía. Quiero un aclarado. Maldita sea. Este ataque me va a costar un par de horas de sesión de video. Mando cortar a los exteriores mientras mis hombres bloquean. Sigo botando el balón intranquilo. Me están cortando las líneas de pase. ¿Tiro o penetro? No veo por donde atacar. Lo tengo tan cerca que noto su aliento en mi cara. Me está poniendo nervioso tanto presionarme. Sabe que no me lo va a poder robar. Hoy no. 6 segundos. Giro ligeramente la cabeza al “cuatro”. Con rapidez se acerca para bloquear a mi defensor. Llevamos tiempo juntos, y se nota. Tengo a los aleros abiertos, al pívot bien plantado a unos tres metros a mi izquierda y oigo el jadeo de mi bloqueador continuando la jugada. No me cuesta superar a mi par. La defensa se me empieza a cerrar. Da igual, estoy a media penetración. 3 segundos. Vaya ataque. Todo ha terminado patas arriba. Me sale el bestia al paso. Antes me ha dado un garrotazo que casi me saca el hombro. Le hago un amago y consigo que pique. La verdad es que quería dar la asistencia. Marco los pasos y me elevo.




“Esto es mi pasión. El baloncesto. El baloncesto es mi pasión. En lugar de venas tengo líneas de 6’25. Mi sangre esta hecha a base de pintura roja de la zona. Mi corazón es un eterno reloj de 24 segundos. La camiseta, mi piel. Sus colores, mis colores. El escudo, el emblema por el que trabajo, por el que lucho. El tacto del balón con la yema de los dedos. Cuando no lo tengo, me falta algo. Todos mis sentidos a mil por hora. Sudor. Sudor. Sudor. Aquí, yo. En frente, tú. Y detrás, la canasta. Mi objetivo, el aro. Mi meta, superar mis limites. El público me apoya, me empuja, me ayuda. Yo soy ellos. Yo soy su voz. No puedo fallar. No voy a fallar. Soy mejor que tú, y te lo voy a demostrar.”

Dejo el balón con una suave bandeja a tablero. Suena la bocina. Fin de la posesión.




-fin-

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